Los antisépticos son sustancias químicas que, aplicadas de forma tópica sobre la piel intacta, las mucosas o las heridas, reducen (o eliminan por completo) la población de microorganismos vivos en dichos tejidos. Tenemos a nuestra disposición diferentes tipos de antisépticos. Los más empleados en la práctica clínica habitual son los alcoholes, los compuestos yodados y la clorhexidina. A la hora de decantarnos por uno u otro, debemos tener en cuenta su espectro de actividad antimicrobiana, su latencia, su efecto residual, las posibles interferencias de la presencia de material orgánico en la actividad del antiséptico, sus efectos secundarios, su compatibilidad con otros antisépticos y su coste.
Compuestos yodados
Los compuestos yodados se engloban en el grupo de los antisépticos halogenados, que son compuestos no metálicos que forman sales haloides. Son agentes oxidantes que provocan la precipitación de las proteínas y los ácidos nucleicos bacterianos, alteran las membranas celulares y actúan disminuyendo los requerimientos de oxígeno de los microorganismos aerobios interfiriendo en la cadena respiratoria por bloqueo del transporte de electrones a través de reacciones electrolíticas con enzimas.
Clorhexidina
La clorhexidina es un compuesto catiónico —clorofenil biguanida—, perteneciente al grupo químico de las biguanidas. Se trata de una base fuerte, poco soluble en agua, por lo que se utiliza en forma de sal (diacetato, diclorhidrato y digluconato). De las 3, la más soluble en agua y alcoholes es el digluconato de clorhexidina.
Aniónicos o jabones
Tienen escaso efecto germicida y la eliminación de los microorganismos se produce básicamente por arrastre.